Discurso Acto Académico 36° Aniversario
10 de septiembre de 2026

De una sola pieza

Quisiera comenzar estas palabras agradeciendo en primer lugar a la profesora Dora Altbir su maravillosa clase “la revolución invisible: nanotecnología para el desarrollo de Chile”. Hemos aprendido mucho de usted esta mañana.

También quiero manifestar nuestra gran alegría por  haber entregado la Medalla de Oro a don José Miguel Ibáñez. Don José Miguel ayudó a fundar esta universidad y ha contribuido a sostener su vida intelectual durante treinta y siete años. Estuvo cuando había que decidir qué clase de universidad íbamos a ser, y después se quedó: para pensar con nosotros cada vez que apareció una pregunta difícil de responder, y para acompañar, de a uno, a los alumnos, profesores y administrativos que han pasado por aquí. Gracias, don José Miguel.

Los aniversarios tienen algo de espejo: nos devuelven, de cuerpo entero, la imagen de lo que somos. Por eso quisiera partir este discurso con una pregunta en vez de un balance. La pregunta es fácil de enunciar y difícil de responder: ¿qué es lo que mantiene unida a una universidad?

Quiero manifestar nuestra gran alegría por  haber entregado la Medalla de Oro a don José Miguel Ibáñez. Don José Miguel ayudó a fundar esta universidad y ha contribuido a sostener su vida intelectual durante treinta y siete años

No es una pregunta retórica. Hoy se habla mucho de la desagregación de las tareas universitarias. Casi todo lo que una universidad ofrece puede conseguirse hoy por separado, y muchas veces gratis. Las explicaciones están en todas partes: cualquiera de nosotros lleva en el bolsillo más respuestas de las que podía dar una biblioteca entera hace treinta años. Hay cursos sueltos, certificados de todos los tipos, credenciales que se obtienen en semanas. Las tecnologías que están cambiando la forma de aprender y de trabajar aceleran ese movimiento cada año. Y no faltan quienes miran este paisaje y pronostican que la universidad terminará disolviéndose en sus partes, como un diario que se deshoja.

Los que trabajamos aquí sabemos que esta descripción no es una caricatura. Hace medio siglo, un rector célebre describió la universidad moderna como una multiversidad: un conglomerado de propósitos distintos que conviven bajo un mismo nombre, sin más unidad que el presupuesto y el estacionamiento. Esa descripción tenía mucho de verdad. Y tenía, también, todo de resignación. Describió lo que la universidad terminó siendo en muchos lugares, y renunció a preguntarse qué podría mantenerla como realidad unitaria.

Esta casa de estudios no fue fundada como una suma de servicios académicos, sino como un proyecto de una sola pieza: la convicción de que enseñar, formar e investigar no son tres actividades distintas que comparten domicilio, sino tres caras de una misma tarea.

Nosotros nacimos de la convicción contraria. Esta casa de estudios no fue fundada como una suma de servicios académicos, sino como un proyecto de una sola pieza: la convicción de que enseñar, formar e investigar no son tres actividades distintas que comparten domicilio, sino tres caras de una misma tarea. De esas tres, hay una que está cambiando de manos ante nuestros ojos: la parte de la enseñanza que consiste en transmitir información. Cuando las explicaciones se vuelven gratuitas e ilimitadas, esta mera transmisión deja de distinguir a una universidad de cualquier nueva plataforma. Las otras dos caras, en cambio, no las puede sustituir nadie.

La primera cara es formar personas. No solo profesionales competentes, que es lo mínimo que la sociedad nos exige, sino personas con criterio: capaces de distinguir lo verdadero de lo plausible, lo importante de lo urgente, lo que vale de lo que brilla. Ese criterio no es una materia. No se enseña en un semestre ni se descarga de ninguna parte. Se forma despacio, por el trato con maestros que lo tienen, igual que se aprende un idioma viviendo entre quienes lo hablan. Los principios generales de cualquier estudio pueden aprenderse hoy en casa, con más facilidad que nunca. Pero el detalle, el tono, la vida que hace que el saber viva en nosotros, eso se toma de personas en quienes ya vive: recién lo dijimos con una medalla. Para eso existe el campus. Para eso existe esta comunidad.

La segunda cara es integrar el saber. Una universidad no es una galería de especialidades que se ignoran cortésmente. Es el lugar donde el médico conversa con el filósofo, donde el ingeniero le discute al historiador, donde cada disciplina se ve obligada a ajustar sus pretensiones frente a las demás.

La segunda cara es integrar el saber. Una universidad no es una galería de especialidades que se ignoran cortésmente. Es el lugar donde el médico conversa con el filósofo, donde el ingeniero le discute al historiador, donde cada disciplina se ve obligada a ajustar sus pretensiones frente a las demás. De ese roce paciente se crea algo que ningún reglamento produce: una atmósfera de pensamiento, que el alumno respira aunque estudie solo una de las muchas ciencias que aquí se cultivan. Esa atmósfera es invisible en los rankings y no aparece en ninguna cuenta que podamos cobrar. Y es, sin embargo, lo que distingue a una universidad de una colección de facultades.

Estas dos caras son en el fondo una sola. Los profesores que ajustan entre sí sus saberes están haciendo, entre colegas, lo mismo que queremos que ocurra en el alma de cada alumno: ver muchas cosas a la vez como un todo, dar a cada una su lugar, comprender sus conexiones: qué depende de qué. Una universidad que renuncia a su propia unidad renuncia, sin decirlo, a formar personas que sean capaces de dar unidad a lo que saben. No podemos pedirle al estudiante una mirada íntegra desde una institución fragmentada.

Lo que no se puede empaquetar —el criterio, la mirada amplia, el propósito— se está volviendo el bien más valioso que una institución universitaria puede ofrecer. La época no nos empuja a parecernos a las plataformas: nos devuelve, con una fuerza que no habíamos visto en décadas, a lo más antiguo de nuestro oficio.

Y aquí está la paradoja de nuestro tiempo. Cuando las respuestas se vuelven ilimitadas y baratas, lo verdaderamente escaso pasa a ser el juicio para decidir cuál de ellas es verdadera y cuál importa. Todo lo que se puede empaquetar y repartir se está abaratando ante nuestros ojos. Lo que no se puede empaquetar —el criterio, la mirada amplia, el propósito— se está volviendo el bien más valioso que una institución universitaria puede ofrecer. La época no nos empuja a parecernos a las plataformas: nos devuelve, con una fuerza que no habíamos visto en décadas, a lo más antiguo de nuestro oficio. Somos personas formando personas. Lo que algunos leen como amenaza es, bien mirado, un regreso al centro.

Nada de esto lo inventamos nosotros ni lo construyó una sola generación. Recibimos esta casa de quienes la levantaron con visión y sacrificio, cuando era apenas una promesa; la recibimos con su inspiración cristiana, con su vocación de servicio, con la certeza de que la persona está al centro. Celebrar un aniversario es, antes que nada, agradecer. Y agradecer, en una universidad, tiene una forma precisa: cuidar lo recibido y hacerlo crecer, para entregarlo mejor de como lo encontramos. Los árboles que hoy nos dan sombra los plantaron otros. Nuestra tarea es plantar los próximos.

Y agradecer, en una universidad, tiene una forma precisa: cuidar lo recibido y hacerlo crecer, para entregarlo mejor de como lo encontramos. Los árboles que hoy nos dan sombra los plantaron otros. Nuestra tarea es plantar los próximos.

He dicho otras veces que la universidad es un puente entre el pasado y el futuro, y que un puente se sostiene en sus dos extremos: si soltamos la tradición quedamos a la deriva, y si dejamos de mirar hacia adelante nos convertimos en museo. Hoy quiero agregar algo que este tiempo nos ha enseñado: un puente, además de sostenerse en sus dos extremos, tiene que ser de una sola pieza. Un puente hecho de partes sueltas no resiste el peso de nadie. La firmeza de esta casa no está en cuántas cosas hace, sino en que las hace desde una mirada unificadora.

Esa unidad no es una herencia que se administra. Es una tarea que se renueva cada año, en cada persona nueva que se suma a trabajar con nosotros, en cada clase, en cada conversación entre un profesor y un alumno. Nadie la va a medir. Nadie nos la va a exigir desde afuera. Depende de nosotros, de todos los que formamos esta comunidad, decidir cada día que esta universidad siga siendo de una sola pieza.

No tengo dudas de que lo haremos. Lo hicieron quienes nos precedieron, con menos medios y más incertidumbre. Lo haremos nosotros, para que nuestros alumnos crucen este puente y lleguen más lejos que nosotros.

Feliz aniversario.